desnudo en la creosota. Y aquí entra Toby y la penosa caminata de seis millas para un pobre funcionario a media paga con un tendón de Aquiles estropeado.
—Pero entonces fue el compañero, y no Jonathan, quien cometió el crimen.
—Exacto. Y con gran disgusto de Jonathan, a juzgar por la manera en que pateó el suelo cuando entró en la habitación.
No tenía nada personal contra Bartholomew Sholto y habría preferido limitarse a atarlo y amordazarlo. No sentía ningún deseo de meter la cabeza en la horca. Sin embargo, la cosa ya no tenía remedio; los instintos salvajes de su compañero se habían desatado y el veneno había hecho su trabajo. Así que Jonathan Small dejó su tarjeta de visita, bajó la caja del tesoro al suelo y luego descendió él. Ésta es la secuencia de acontecimientos, hasta donde puedo descifrarla. En cuanto a su aspecto personal, desde luego tiene que ser de edad madura y tiene que estar tostado por el sol después de haber cumplido condena en un horno como las islas Andamán. La estatura se deduce fácilmente de la longitud de sus pasos, y sabemos que tenía barba, porque la barba fue lo único en que se fijó Thaddeus Sholto cuando lo vio en la ventana. No sé si queda algo más.
—¿El cómplice?
—Ah, sí, en eso no hay mucho misterio. Pero muy pronto lo sabrá usted todo. ¡ é agradable es el aire de la mañana!
Mire cómo flota aquella nubecilla. Parece una pluma rosa de un flamenco gigante. Y ya asoma el borde rojo del sol sobre las nubes de Londres. Lucirá sobre muchísima gente, pero me atrevería a apostar que entre ella no hay nadie que esté enfrascado en una tarea tan extraña como la nuestra. ¡ é pequeños nos sentimos, con nuestras insignificantes ambiciones y conflictos, en presencia de las grandes fuerzas elementales de la Naturaleza! ¿ é tal lleva la lectura de Jean-Paul?
—Bastante bien. Lo descubrí gracias a Carlyle.
—Eso es como remontar el río hasta llegar al lago donde nace. Pues este hombre dice una cosa muy curiosa pero muy
repentinamente le preguntéa Alicia si Violeta tenía alguna enfermedad mental. Con los ojos vidriosos y una imprevista voz grave dijo: «Imbécil. Y to pensé que tú». Se fue al baño, yo me hice el que no pasaba nada, aunque sin duda había descompuesto torpemende la mañana. No iba a sacar nada con mis comentaros (que hace tiempo perdieron frescura) ni con poner la misma cara de siempre. El resto del día fueron evasivas, intentos frustrados por alargar alguna frase, tiempo que nos sobraba y un maldito silencio que sólo me pudre a mí (creo).
En la tarde leí ocn desconfianza el caótico recuerdo que Violeta hace de su padre, del momento en que se la lleva de Neutria a Santiago. El viaje dura toda una noche y la niña utiliza recursos absurdos para regresar a ese cínico paraíso que ella bautizó como Neutria. (El sábado, en la casa de la abuela, revisé a conciencia un mapa político: donde Violeta situaría su ciudad de origen no hay nada, en muchos kilómetros de costa no se asoma siquiera una mínima caleta de pescadores. Igualmente desconfío de la grografía, trazado tan abstracto como el de Violeta, aunque impuesto por muchos años de fingimiento de acuerdo para convertir un horizonte en líneas, puntos y límites.) Fantaseo con una investigación al respecto, con un viaje que Alicia y yo haríamos un verano en busca de Neutria. Utilizaríamos el diario de la albina a manera de guía, ademas de un mapa caminero

Daniela Tarazona

Mi compañero se sienta junto a mí. Me vio nadar, dice: “algunas ranas se hacen las muertas para que no las cacen, otras doblan las patas y cambian su fisonomía, así su depredador no reconoce sus partes vulnerables”.
No digo nada porque estoy impedida. Quizá mi instinto distinga que me encuentro en peligro.
Él está dándome la espalda, veo que comienza a masturbarse. Lo hace durante unos minutos, incrementando la fuerza y la velocidad de su mano. Se levanta y deja sobre la arena una mancha de semen.
El instinto me lleva a sentarme encima, desnuda, y pego mi nuevo sexo a esa mancha de semen sobre la arena.

Esta vez, saliendome un poco del podcast español que suelo compartir, Biblioteca Básica, hoy les pongo a disposición de sus oídos un podcast de Algarabía a cucharadas, hablando un poco y recomendando el libro La Historia Platicadita. Este podcast tiene segunda parte así que tendra seguimiento en el siguiente post. ¡Provecho literario!

H. P. Lovecraft

XXVI. LOS FAMILIARES
John Whateley vivía como a una milla de la ciudad,
Allí donde las colinas empiezan a piñarse;
Nunca habúamos pensado que tuviese mucho juicio,
Viviendo cómo dejaba echar a perder su granja.
Pasaba el tiempo leyendo unos libros extraños
Que había encontrado en el desván de su casa,
Hasta que unos surcos chocanes le arrugaron la cara
Y todo el mundo dijo que no le gustaba su aspecto.
Cuando empezó con aquellos aullidos nocturnos decidimos
Que sería mejor encerrarle para evitar algún daño,
Así que tres hombres del manicomio de Aylesbury
Fueron a buscarle… pero volvieron solos y espantados.
Le habían ecnontrado hablando a dos seres agazapados
Que al oír sus pasos echaron a volar con grandes alas
/negras.

15 Grandes Destinos, Gautier Languereau
La emperatriz depositó un beso sobre la mejilla del pequeño músico.
Ella sacudió la cabeza. De súbito si rostro perdió toda expresión de coraje.
“no lo suficiente, no lo suficiente. ¿Qué hare si no vienes?”
“no podrás hacer nada, ¿Tienes aun el mismo número de teléfono?
“si”.
Le acaricie los hombros.
“Helen, todo saldrá bien”
Ella asistió.
“Te acompañare hasta la iglesia de Santa María. Quiere estar segura que llegaras allí sin tropiezos.”
Caminamos en silencio. No quedaba muy lejos. Helen me dejo sin decir una palabra. La seguí con la mirada mientras cruzaba la vieja plaza del mercado a paso vivo y sin volver la cabeza.
Me quede de pie junto al portal, amparado por las sombras. A la derecha, sumido en la penumbra estaba el edificio del municipio. La claridad de la luna tan solo iluminaba los rostros pétreos de las viejas esculturas. En la escalinata que se extendía al frente había sido anunciado en 1648 el final de la guerra de los treinta años y en 1933 el comienzo del imperio de los mil años. Pensé si lograría sobrevivir hasta el día en que anunciaran allí mismo su final. Tenía pocas esperanzas.
No intente refugiarme en el interior del templo. De reprende me repugno tener que ocultarme. No pretendía tornarme imprudente, pero desde que había visto a Helen no quería ser más que un animal acuciado sin necesidad.
Seguí caminando para no atraer la atención. La ciudad que antes había sido peligrosa, conocida y extraña, empezaba a vivir. La existencia anónima de los últimos años que había sido tan solo un sobrevivir, un vegetar día tras