Tengo la idea de que si un libro es bueno debe capturarte con cualquiera de sus hojas leiadas al azar. Una de esas hojas seria la 69.

Pondré lo escrito solo en la página 69 de cualquier libro, de diferentes tipos y veremos si a ti, te llama, aunque sea la curiosidad.

Antes de que alguien diera la orden de comenzar el linchamiento, me defendí:

- ¿Pero qué tengo que ver yo con todo esto?

- ¿Y todavía lo pregunta? -exclamó la portera-, dejaron un mensaje en su cuarto. Menos mal que no fue dentro de un ataúd, he oído que así acostumbran los mafiosos dejar sus mensajes.

- Y también ponen cianuro en las bebidas -agregó la vieja actriz.

- Eso es para liquidar traidores -le explicó la maestra-, lo sé porque mi marido, que en paz descanse, tuvo un hermano que murió así.

Mientras los huéspedes comentaban alguna característica horripilante de los mafiosos, yo subí a mi cuarto. Lo encontré totalmente desordenado; los restos de mi ropa y libros se confundían con el relleno del colchón y los muebles estaban de cabeza. Por fortuna no se habían llevado nada de valor, las fotografías de mensaje enlatado las tenían los anticientíficos, y mis documentos y dinero siempre los llevaba conmigo en una bolsa detrás del cinturón.

Después de revisar mis pertenencias y convencerme de que faltaban todos mis libros y dos toallas, encontré el famoso mensaje en el espejo del baño. Estaba escrito con pasta de dientes, decía amenazadoramente:

¡Los encontraremos!


Decidí irme ese mismo día de la pensión. Le pedí disculpa a los inquilinos por los daños y como gesto de buena voluntad les entregué todo mi dinero; no era mucho y exigieron que les diera también mis maletas y una medalla de plata que usaba desde pequeño.

Salí por la puerta lateral que comunicaba con patios de otras casas, era lo mejor, sabía que los otros estaban vigilando la entrada. Para despistarlos tomé un taxi, me subí a un autobús, luego caminé a pie, entré a un mercado y me subí a otro taxi que me llevó hasta el Instituto de Anticiencia. El viaje me costó el resto de mi dinero, pero sirvió; por lo menos nadie me había seguido.

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Recordando el Día Internacional de la Poesía. 

Gran blog.
pag69 pag69 Said:

Muchas gracias :) Si quieres compartir tu página 69, será bien recibido.

Cuando me cuentes la historia de tu vida, estoy segura de que será como si me leyeras una novela de amor.
Joseph Sheridan Le Fanu

placido por las palabras de que mi amiga acababa de dirigirle.

A continuación acompañé a Carmilla hasta su dormitorio, donde charlamos mientras se preparaba para entrar en el lecho.

- ¿Crees que llegará el día en que confiarás plenamente en mi? -pregunté por fin.

Se volvió hacia mí con una sonrisa, pero no respondió.

- ¿No quieres contestar? -añadí-. Perdona, no debí preguntártelo.

- Tienes todo el derecho a preguntare eso o lo que sea -dijo-. No imaginas hasta qué punto te quiero, pues de lo contrario no pensarías que no confío en ti. He hecho un juramento, y por lo tanto hay cosas que todavía no me atrevo a contarte, ni si quiera a ti. Pronto, sin embargo, lo sabrás. Quizá me consideres cruel y egoísta, pero el amor, cuanto más apasionado es, más egoísta se vuelve. No puedes imaginar lo celosa que soy. Debes estar a mi lado, amándome, hasta la muerte, u odiándome, pero hasta en la muerte, sin separarte de mí ni por un instante. A pesar de mi natural apatía, nunca he sabido lo que es la indiferencia.

- Creo que empiezas a desvariar de nuevo, Carmilla -dije.

- Te aseguro que estoy expresándome como

El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía.
Anaïs Nin

Elena

Mientras esperaba el tren para Montreux, Elena examinaba a las personas que se hallaban a su alrededor, en los andenes. Cada viaje despertaba en ella la misma curiosidad y esperanza que uno siente antes de que el telón se levante en el teatro; la misma agitada ansiedad y expectación.

Reparó en varios hombres con los que le hubiera gustado hablar, preguntándose si iban a tomar el mismo tren que ella o, simplemente, habían acudido a despedir a otros pasajeros. Sus anhelos eran vagos, poéticos. Si se le hubiera preguntado de pronto qué estaba esperando, hubiera podido contestar: «Le merveilleux.» Su ansiedad no procedía de ninguna región precisa de su cuerpo. Era bien cierto lo que alguien dijo de ella después de que criticara a un escritor a quien había conocido: «No puedes verlo tal como es; no puedes ver a nadie como realmente es. El tiene que decepcionarte a la fuerza, porque tú estás esperando a alguien.»

Esperaba a alguien cada vez que una puerta se abría, cada vez que asistía a una fiesta, en cualquier reunión, cada vez que entraba en un café o en un teatro.

Ninguno de los hombres en los que se había fijado como compañeros deseables para el viaje tomó el tren, así que abrió el libro que llevaba. Era El amante de Lady Chatterley.

Tiempo después, Elena no recordaba nada de aquel viaje, excepto una sensación de tremendo calor corporal como si se hubiera bebido una botella entera del más escogido de los borgoñas, y la gran furia que la poseyó al descubrir un secreto que le parecía criminalmente oculto a todo el mundo. En primer lugar, descubrió que nunca había conocido las sensaciones descritas por Lawrence; en segundo lugar, que en eso consistía su ansiedad. Pero había otra verdad de la que ahora era del todo consciente. Algo había creado en ella un estado de perpetua defensa contra las auténticas posibilidades de experiencia, un impulso de salir volando que la alejaba de los escenarios del placer y de la expansión. Muchas veces había llegado al mismo límite, y entonces había echado a correr. Se increpaba ella misma por lo que se había perdido, por lo que había ignorado.

Dentro de sí, yacía agazapada la mujer sumergida en el libro de Lawrence, expuesta, sensibilizada y preparada como por mil caricias para la llegada de alguien.

Una nueva mujer se apeó del tren en Caux. No era éste el lugar donde le hubiera gustado iniciar su viaje; Caux se hallaba en la cumbre de una montaña, aislada, y desde allí se divisaba el lago de Ginebra. Era primavera, la nieve se estaba fundiendo; el tren jadeaba montaña arriba, y Elena sentía irritación por su lentitud, por los lentos gestos de los suizos, por los lentos movimientos de los animales y por la estática pesadez del paisaje, que contrastaban con su humor y sus sensaciones, impetuosos como arroyos de montaña. Se proponía no permanecer allí largo tiempo; se quedaría hasta que su nuevo libro estuviera listo para ser publicado.

En la vida solamente hay dos tipos de personas: los lobos y los corderos.
Patricia Daniels Cornwell

—No me acuerdo del nombre —Donahue tomó un sorbo de whisky. Tenía la cara enrojecida, y sus ojos, encendidos, se movían constantemente—. Triste, muy triste. Bueno, tiene usted que venir a visitar nuestras nuevas instalaciones de Greenville cualquier día de éstos —Sonrió de oreja a oreja y me dejó por una corpulenta matrona vestida de negro. Le dio un beso en la boca y se echaron a reír los dos.

Me fui a casa a la primera ocasión y encontré un fuego crepitante y a mi sobrina tendida en el sofá, leyendo. Observé que debajo del árbol había varios regalos nuevos.

—¿Qué tal te ha ido? —me preguntó, bostezando.

—Has hecho bien en quedarte —contesté—. ¿Ha llamado Marino?

—No.

Probé a telefonearle otra vez, y a la cuarta llamada respondió con voz irritada.

—Espero que no sea demasiado tarde —me disculpé.

—Yo también lo espero. ¿Qué anda mal ahora?

—Muchas cosas andan mal. Acabo de conocer a su amigo Frank Donahue en una fiesta.

—Qué emocionante.

—No me ha impresionado mucho, y tal vez sea que estoy paranoica, pero me ha parecido extraño que sacara a relucir la muerte de Jennifer Deighton.

Silencio.

—El segundo detalle —proseguí— es que por lo visto Jennifer Deighton le envió un fax a Nicholas Grueman menos de dos días antes de que la asesinaran. A juzgar por el mensaje, parecía alterada, y me da la impresión de que quería que él se reuniera con ella. Le sugería que viniera aquí, a Richmond. Marino siguió sin decir nada.

—¿Está usted ahí? —le pregunté.

—Estoy pensando.

—Me alegra oírlo. Pero quizá tendríamos que pensar juntos. ¿No podría hacerle cambiar de idea para que viniera a comer mañana?

Respiró hondo.

—Me gustaría, doctora, pero….

Oí una voz femenina de fondo que preguntaba: «¿En qué cajón está?»

Evidentemente, Marino tapó el auricular con la mano y farfulló algo. Luego volvió a destaparlo y carraspeó.

—Lo siento —dije—. No sabía que estuviera acompañado.

—Sí —Hizo una pausa.

—Me encantaría que viniera mañana a comer con su amiga —le invité.

—Hay un bufé en el Sheraton. Pensábamos ir allí.

—Bien, hay algo para usted bajo el árbol. Si cambia de idea, llámeme por la mañana.

—No lo creo. Así que se ha venido abajo y ha comprado un árbol, ¿eh? Apuesto a que es un mamarracho canijo.

—La envidia del vecindario, muchísimas gracias —repliqué—. Deséele felices pascuas a su amiga de mi parte.

Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír.
George Orwell

retrete público, Pero en un barrio como aquél no había tales comodidades. Afortunadamente, se le pasaron esas angustias quedándole sólo un sordo dolor.

La calle no tenía salida. Winston se detuvo, preguntándose qué haría. Mas hizo lo único que le era posible, volver a recorrería hasta la salida. Sólo hacía tres minutos que la joven se había cruzado con él, y si corría, podría alcanzarla. Podría seguirla hasta algún sitio solitario y romperle allí el cráneo con una piedra. Le bastaría con el pisapapeles. Pero abandonó en seguida esta idea, ya que le era intolerable realizar un esfuerzo físico. No podía correr ni dar el golpe. Además, la muchacha era joven y vigorosa y se defendería bien. Se le ocurrió también acudir al Centro Comunal y estarse allí hasta que cerraran para tener una coartada de su empleo del tiempo durante la tarde. Pero aparte de que sería sólo una coartada parcial, el proyecto era imposible de realizar. Le invadió una mortal laxitud. Sólo quería llegar a casa pronto y descansar.

Eran más de las veintidós cuando regresó al piso. Apagarían las luces a las veintitrés treinta. Entró en su cocina y se tragó casi una taza de ginebra de la Victoria. Luego se dirigió a la mesita, sentóse y sacó el Diario del cajón. Pero no lo abrió en seguida. En la telepantalla una violenta voz femenina cantaba una canción patriótica a grito pelado. Observó la tapa del libro intentando inútilmente no prestar atención a la voz.

Las detenciones no eran siempre de noche. Lo mejor era matarse antes de que lo cogieran a uno. Algunos lo hacían. Muchas de las llamadas desapariciones no eran más que suicidios.

Pero hacía falta un valor desesperado para matarse en un mundo donde las armas de fuego y cualquier veneno rápido y seguro eran imposibles de encontrar. Pensó con asombro en la inutilidad biológica del dolor y del miedo, en la traición del cuerpo humano, que siempre se inmoviliza en el momento exacto en que es necesario realizar algún esfuerzo especial. Podía haber eliminado a la muchacha morena sólo con haber actuado rápida y eficazmente; pero precisamente por lo extremo del peligro en que se hallaba había perdido la facultad de actuar.

Le sorprendió que en los momentos de crisis no estemos luchando nunca contra un enemigo externo, sino siempre contra nuestro propio cuerpo. Incluso ahora, a pesar de la ginebra, la sorda molestia de su vientre le impedía pensar ordenadamente. Y lo mismo ocurre en todas las situaciones aparentemente heroicas o trágicas. En el campo de batalla, en la cámara de las torturas, en un barco que naufraga, se olvida siempre por qué se debate uno ya que el cuerpo acaba llenando el universo, e incluso cuando no estamos paralizados por el miedo o chillando de dolor, la vida es una lucha de cada momento contra el hambre, el frío o el insomnio, contra un estómago dolorido o un dolor de muelas.

Abrió el Diario. Era importante escribir algo. La mujer de la telepantalla había empezado una nueva canción. Su voz se le clavaba a Winston en el cerebro como pedacitos de vidrio.

Procuró pensar en O’Brien, a quien dirigía su Diario, pero en vez de ello, empezó a pensar en las cosas que le sucederían cuando lo detuviera la Policía del Pensamiento. No importaba que lo matasen a uno en seguida. Esa muerte era la esperada. Pero antes de morir (nadie hablaba de estas cosas aunque nadie las ignoraba) había que pasar por la rutina de la confesión:

ivanthays:

Este es el post que escribí hoy para el diario “El País” en el blog que llevo ahí, Vano Oficio. Trata sobre el tema de los buenos y malos lectores, sobre la idea de Nabokov sobre qué es un buen lector y sobre la soledad del lector. Lo comparto.

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Foto: Mikey Angels

Sabemos que existen bueno y malos escritores, pero ¿existen buenos y malos lectores? Para Vladímir Nabokov, sí. En el prólogo a Lecciones de Literatura Europea (aquel que inicia célebremente pidiendo a los lectores que “acaricien los detalles”) redacta el siguiente test:

Selecciona cuatro respuestas a la pregunta: ¿qué cualidades debe tener uno para ser un buen lector:

1) Debe pertenecer a un club de lectores.

2) Debe identificarse con el héroe o la heroína.

3) Debe concentrarse en el aspecto socioeconómico.

4) Debe preferir un relato con acción y diálogo a uno sin ellos.

5) Debe haber visto la novela en película.

6) Debe ser un autor embrionario.

7) Debe tener imaginación.

8) Debe tener memoria.

9) Debe tener un diccionario.

10) Debe tener cierto sentido artístico.”

Obviamente, los cuatro últimos ítems son los correctos para Nabokov: imaginación, memoria, diccionario y cierto sentido artístico. No así aquellos lectores que se identifican con los personajes (cada obra crea personalidades únicas, imposibles de ser comparadas con algún ser vivo), y tampoco es necesario pretender escribir -o hacerlo profesionalmente- para graduarse como buen lector. Aquellos que prefieren novelas de acción y diálogos (la “agilidad” debería ser un requisito solo en las clases de gimnasia) tampoco serían buenos lectores. Y los que buscan en las novelas aspectos socio-económico, esos lectores antropológicos carentes de imaginación e incapaces de reconocer la autonomía de la ficción, están irremediablemente perdidos para Nabokov.

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Llamamos bello a aquello que es elogiado por el periódico y que produce mucho dinero.
Stendhal