Tengo la idea de que si un libro es bueno debe capturarte con cualquiera de sus hojas leiadas al azar. Una de esas hojas seria la 69.

Pondré lo escrito solo en la página 69 de cualquier libro, de diferentes tipos y veremos si a ti, te llama, aunque sea la curiosidad.
Hay peores cosas que quemar libros, una de ellas es no leerlos.
Ray Bradbury

amarillos y anaranjados que oscilaban y estallaban al ritmo de una música casi exclusivamente compuesta por baterías, tambores y címbalos. Su boca se movía y estaban diciendo algo, pero el sonido no permitía oírla.

Beatty vacío su pipa en la palma de su mano sonrosada, examinó la ceniza como si fuese un símbolo que había que examinar en busca de algún significado. 

—Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. Pregúntate a ti mismo: ¿Qué queremos en esta nación, por encima de todo? La gente quiere ser feliz, ¿no es así? ¿No lo has estado oyendo toda tu vida? «Quiero ser feliz», dice la gente. Bueno, ¿no lo son? ¿No les mantenemos en acción, no les proporcionamos diversiones? Eso es para lo único que vivimos, ¿no? ¿Para el placer y las emociones? Y tendrás que admitir que nuestra civilización se lo facilita en abundancia.

—Sí.

Montag pudo leer en los labios de Mildred lo que ´sta decía desde el umbral. Trató de no mirar la boca de ella, porque, entonces, Beatty podía volverse y leer también lo que decía. 

—A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo. ¿Alguien escribe un libre sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro. Serenidad, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador. ¿Los funerales son tristes y paganos? Eliminémoslos también. Cinco minutos después de la muerte de una persona, está en camino hacia la Gran Chimenea, los incineradores son abastecidos por helicópteros en todo el país. Diez minutos después de la muerte, un hombre es una nube de polvo negro. No sutilicemos con recuerdos acerca de los individuos. Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio. 

Contar una historia, para mí, es como echarse al mar. Lo mío es un viaje, una travesía en solitario.
Marc Lévy

—¿Quieres que me vista y vaya corriendo?
—No —dijo ella con voz átona—, no es necesario.
—¿Has conseguido abrir la caja?
—Sí —contestó con aire ausente—. Mañana te llamo.
—¡Me estás preocupando!
—Vuelve a acostarte, Stanley. Un beso.
Y Julia colgó.
—¿Quién habrá podido mandarme algo así? —se preguntó en voz alta, sola en mitad de su apartamento.


En el interior de la caja, de pie frente a ella, había una especie de estatua de cera de tamaño natural, una réplica perfecta de Anthony Walsh. El parecido era pasmoso; habría bastado que abriera los ojos para cobrar vida. A Julia le costó recuperar el aliento. Por su nuca resbalaban gotitas de sudor frío. Se acercó despacio. La reproducción en tamaño natural de su padre era prodigiosa, el color y el aspecto.

La gente muestra su verdadera naturaleza cuando comete un crimen.
Keigo Higashino

Capítulo 3

—Un día debería intentar analizar detenidamente qué entiendes tú por pensamiento lógico. —Con las manos apoyadas en las mejillas y expresión de aburrimiento, Manabu Yukawa bostezó aparatosamente, como si lo hiciera adrede. Un rato antes se había quitado las pequeñas gafas de montura metálica y las había dejado a un lado, como diciendo: «Ya no voy a necesitaros.»
Y quizá fuese verdad. Porque Kusanagi llevaba más de veinte minutos con la mirada fija en el tablero de ajedrez que tenía delante, sin encontrar la manera de romper el asedio. Su rey no tenía escapatoria y él ni siquiera podía lanzarse a un ataque a tumba abierta, como hace el ratón cuando se ve acorralado por el gato.

Nadie puede dar lo que no le pertenece.
Pauline Réage, sseudónimode Dominique Aury

en el coche le había quitado el portaligas y el slip y le había dado las jarreteras para que se sujetara las medias encima de las rodillas. Tan viva fue la imagen que ella olvidó que tenía las manos sujetas e hizo chirriar la cadena. ¿Y por qué si el recuerdo del suplicio le resultaba tan leve, la sola idea, el solo nombre, la sola vista de un látigo le hacía latir con fuerza el corazón y cerrar los ojos con espanto? No se paró a pensar si era sólo espanto. La invadió el pánico: tensarían la cadena hasta obligarla a ponerse de pie encima de la cama y la azotarían, con el vientre pegado a la pared, la azotarían, la azotarían, la palabra giraba en su cabeza. Pierre la azotaría. Se lo había dicho Jeanne. Le había dicho que era afortunada, que con ella serían mucho más duros. ¿Qué había querido decir? Ya no sentía más que el collar, los brazaletes y la cadena, su cuerpo se iba a la deriva, ahora lo comprendería. Se quedó dormida.

La belleza es la imperfección.
Witold Gombrowicz

mente cuanto más disgusto causaban esas palabras tanto más gozaban, hundiéndose en ellas con deleite, con obstinación de maniáticos. Sus movimientos eran vacilantes… sus caras apasteladas y mal amasadas… y el tema principal de los menores era los órganos sexuales mientras el tema principal de los mayores era las relaciones sexuales, lo que, junto con la arcaización y la latinización, formaba un cocktail de excepcional repugnancia. Parecían mal introducidos en algo, mal colocados y mal ubicados, a cada momento sus miradas volaban hacia el maestro, se agarraban convulsivamente los cuculandritos y la conciencia de que eran observados sin cesar les imposibilitaba la ingestión del desayuno.
Me quedé, pues, atontado y sin lograr ninguna aclaración… frente a una farsa que no mostraba señales de terminar. Mas cuando los escolares percibieron a Pimko, que oculto detrás del árbol los observaba con gran atención y perspicacia, se pusieron en extremo nerviosos; y se esparció la noticia de que el inspector había llegado, que estaba detrás de la encina y miraba.
—¡El inspector! —decían unos, sacando sus libros y acercándose a la encina—. ¡El inspector! —decían otros, alejándose de la encina. Pero ni unos ni otros podían desviar la mirada de Pimko, quien escribía algo en su libreta.

—¡Escribe algo! —se murmuraba a izquierda y derecha—. ¡Anota sus observaciones!
De repente Pimko les tiró la hoja dé modo tan discreto e imperceptible que parecía llevada por el viento. En el papel estaba escrito:Basándome en mis observaciones realizadas en la escuela X durante el gran recreo, he comprobado que la juventud masculina es inocente. ¡Esta es mi convicción más profunda! Lo prueba: el aspecto de los alumnos, sus inocentes charlas y, en fin, sus inocentes y simpáticos culitos. (Firmado) Pimko, 29 de octubre de 193… Varsovia.
Apenas el papelito llegó a conocimiento de los alumnos, ¡se enardeció el hormiguero escolar!
—¡Nosotros inocentes! ¡Nosotros los muchachos!

Los únicos que conocen la verdadera soledad son los criminales. Su soledad es una lúgubre tiniebla, toda oscura, sin ningún toque de luz ni rastro de iluminación, en la cual la moral y la religión están vedadas desde el comienzo.
Junichiro Tanizaki

presentará más de una oportunidad.
—Aparecerá cualquier imprevisto y volveréis a aplazarlo. Verdaderamente esta situación no tendrá fin.
La mano de Takanatsu, descarnada pero robusta, surcada de venas, temblaba ligeramente como después de levantar un peso. El sake empezaba, posiblemente, a hacer su efecto. Extendió su mano y sacudió la ceniza del cigarro que cayó como pesados copos de nieve en el agua del brasero.
Siempre que hablaba con su primo, Kaname tenía una sensación de insinceridad; cada dos o tres meses, cuando éste regresaba de China, la conversación se desarrollaba como si la sola cuestión fuese: ¿cuándo ha de ser el divorcio? Realmente la otra cuestión previa: ¿debe haber divorcio? hacía tiempo que estaba decidida. Takanatsu tenía por seguro que el divorcio era inevitable, y sólo le preocupaba el momento y el modo. No era por propia iniciativa que insistía para que se llevase a cabo el divorcio; sencillamente, lo que ocurría es que le habían pedido opinión y colaboración, dando por descontado que la cuestión básica estaba ya decidida. Por su parte Kaname no estaba dispuesto a demostrar una firmeza que no sentía; aunque quizás la fuerza y virilidad que emanaban de Takanatsu pudieran contagiarle e inspirarle más entusiasmo y decisión de los que por sí solo podía tener.

Tenemos la memoria tan atestada de experiencias y emociones que todas nuestras percepciones están sobrecargadas por una pátina de recuerdos.
Raymond Chandler